Christopher Shaw

Español 123 10

La segunda parte del Quijote encantado

Donde se cuenta el encantamiento y manipulacón del famoso caballero don Quijote de la Mancha, y del desencanto y paradojo del mismo don Quijote

 

            En la segunda parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, el tema del encantamiento surge, más que en la primera, como un aspecto importante para entender la trayectoria y el fin de la trayectoria de don Quijote.  La primera parte termina con el encantamiento de don Quijote, que causa el regreso (dentro del carro encantado) a su casa.  Pero la segunda parte termina con el absoluto desencanto de don Quijote.  Se aisla de toda la trayectoria que ha cumplido, las aventuras que ha tenido, y los nombres que fabricó, para la imagen de su mujer, y su propio nombre.  Pero el encantamiento aquí en la segunda parte es un elemento bien diferente del encantamiento de la primera parte.  El agente iniciador típico de la primera parte es don Quijote, que siempre decide cuando algo puede ser encantamiento.  Pero el agente inciador típico de la segunda es otro que quiere, de un modo, engañarlo a don Quijote.  Por ejemplo, la primera vez que vemos la mera palabra (encantamiento) en la segunda parte, sale de la boca de Sancho.  En el capítulo 10, cuando don Quijote acaba de mandar que Sancho vaya al Toboso y, o regrese con Dulcinea, o que no regrese, Sancho sabe que su trabajo será difícil.  Como sabe que Dulcinea existe solamente en la imaginación de don Quijote, y que Sancho debe ser el único que la había visto, tiene que fabricar a una Dulcinea que sirve para don Quijote.  La única idea que le ocurre a Sancho es tomar a cualquiera mujer que anda por el camino, y decirle a don Quijote que es Dulcinea, «y cuando él no crea juraré yo: y si el jurare, tornaré yo a jurar; y si porfiare, porfiaré yo más... o quizá pensará, como yo imagino, que algún mal encantador de estos que él dice que le quieren mal le habrá mudado la figura por hacerle mal y daño» (II 107).  Este monólogo es la primera vez que se menciona el encantamiento en la segunda parte.  Por supuesto, don Quijote, que no ve a Dulcinea sino una labradora sucia, a pesar de lo que sus ojos ven, no cree que Sancho pueda mentir.  Entonces cree que Dulcinea está verdaderamente encantada.  Pero es importante aquí que don Quijote no tiene nada que ver con el acto de «encantar» a Dulcinea.  (Pongo la palabra entre comillas porque es un concepto diferente del encantamiento de la primera parte, como voy a volver a describir más adelante.)  Como es imposible que don Quijote sea el agente iniciador del encantamiento («encantador»), no podemos llamar «encantador» a ninguno sino Sancho.  Este término cabe también porque cuando Sancho decide engañar a don Quijote y representar a Dulcinea con una fea y sucia labradora, la representación que fabrica es un tipo de ficción: de una manera, podemos llamarlo a Sancho autor.  Y según la definición de la primera parte, en general, los autores son sabios encantadores.  Entonces por medio del proceso de eliminacón, se considerar a Sancho el primer nuevo encantador de la segunda parte.  Pero además de ser encantador, es también manipulador: usa el conocimiento que tiene de don Quijote para hacer que don Quijote piense o haga algo.  Vamos a ver luego que hay muchos manipuladores en el libro que, aunque no se puede llamarlos encantadores, usan el conocimiento de don Quijote para burlarse de su locura. 

            Pero por ahora, quiero ver a otro ejemplo de la primera parte y cómo cambia en la segunda, que como vamos a ver, tiene mucho que ver con el análisis que lo sigue.  En la primera parte, como don Quijote es casi el único que invoca los varios formas de la palabra «encantamiento», solamente una aventura tiene un título que menciona este concepto: el título del capítulo 47 es «Del estraño modo con que fue encantado don Quijote de la Mancha, con otros famosos sucesos» (I 557).  Pero en la segunda, como don Quijote no tiene la sola posesión del poder del encantamiento, la voz de los títulos parece, de una manera, juntarse con las burlas de los otros encantadores (engañadores o manipuladores) en burlarse de don Quijote.  El título del capítulo diez es, «Donde se cuenta la industria que Sancho tuvo para encantar a la señora Dulcinea, y de otros sucesos tan ridículos como verdaderos» (II 103).  El punto de vista de este título parece burlador de Sancho: supone que es ridículo que Sancho pueda ser encantador, o tener industria en alguna empresa.  Dos de los cinco otros títulos que mencionan el encantamiento refieren específicamente al encantamiento y posible desencanto de Dulcinea, y los títulos de las aventuras del barco encantado (C. 29) y de la cabeza encantada (C. 62) también directamente usan la palabra «encantamiento». 

El título más interesante es el del capítulo 50: «Donde se declara quién fueron los encantadores y verdugos que azotaron a la dueña y pellizcaron y arañaron a don Quijote, con el suceso que llevó la carta a Teresa Panza, mujer de Sancho» (II 415).  Aquí el uso de «encantador» parece diferente de lo que normalmente esperamos.  Los encantadores a que refiere son el duque y Altisidora, pero el texto del capítulo nunca refiere a estos dos como encantadores.  Quizá hay otros lugares en la segunda parte donde parece que el duque y Altisidora son encantadores de algún modo, pero el papel que hacen en esta aventura es diferente.  Lo único que sabemos en este capítulo es que el duque y Altisidora habían oído de la duquesa (que oyó de unas doncellas espíadores) que la doña Rodriguez estaba en el aposento de don Quijote pidiéndole que la ayude, y, llenas de cólera, entran en el aposento y lo arrastran a don Quijote y la azotan a doña Rodríguez.  Entonces no queda claro por qué el título usa la palabra «encantador» para referirse a los azotadores de la dueña.  Pero lo importante de esto es que el titulador demuestra aquí la libreza que tiene en nombrar los capítulos, porque no hay ninguna evidencia en el texto de que el duque y Altisidora son encantadores. 

            El acto de llamar a Altisidora y al duque «encantadores» también demuestra la libreza con que se puede aplicar la palabra «encantamiento».  Según la voz tituladora, «encantador» puede ser simplemente alguien que conscientemente usa su poder (en este caso, la fuerza física) para influir en las acciones de otro.  Entonces si usamos esta definición, tenemos que incluir a los varios manipuladores de don Quijote en la lista de encantadores.  Los más importantes de esta lista son Sansón Carrasco, y Ginés de Pasamonte, que ciertamente afectan la trayectoria de don Quijote; y aunque no saben completamente como influyen a don Quijote, el cura y el barbero son encantadores de esta definición también.

            Pero antes de hablar de estos encantadores, debemos volver a hablar de los varios autores y voces, que sone tan importantes en la primera parte.  En ésta, el autor que va a escribir las hazañas de don Quijote es supuestamente un sabio encantador que puede ver todo lo que pasa entre don Quijote y los otros con que se encuentra.  Aunque no sabemos, tenemos posible que el autor puede ser fabricador de todas las aventuras que cuenta.  Pero una cosa queda clara: en la primera parte, según don Quijote, la «autoridad» del autor es absoluta: no puede escribir sino lo que don Quijote hace.  La voz narrativa tiene dudas con respeto a la veracidad del relato, porque el autor y el traductor son moros; y como el supuesto autor es cristiano, dice que los dos moros deben (tienen que) ser mentirosos.  Pero no comenta mucho explícitamente sobre lo que escribe Benengeli, con la excepción del capítulo 9, cuando uno de los narradores describe el proceso largo de conseguir los manuscritos de Cide Hamete Benengeli.  Pero en la segunda parte, todas los autores y voces cuestionan, a menudo, el manuscrito de Cide Hamete; y algunas veces Cide Hamete mismo cuestiona las fuentes de las cuales saca toda la información sobre la trayectoria de don Quijote. 

El traductor, que está leyendo el texto de Cide Hamete, tiene incertidumbre con respeto a lo que lee (que es supuestamente lo que Cide Hamete escribe); en el capítulo 5, la voz narrativa nota esta duda: «Llegando a escribir el traductor desta historia este quinto capítulo, dice que le tiene por apócrifo, porque en él habla Sancho Panza con otro estilo del que se podía prometer de su corto ingenio» (II 73).  La duda del traductor es importante porque nos hace a nosotros pensar en la misma verosimilitud.  Supone conocer bastante a Sancho que puede adivinar lo que diría y no diría.  [Quiero notar que en este punto, al leer el capítulo 5, estaba de acuerdo con el traductor: que no parecía verosímil que Sancho pudiera hablar de modo tan elegante y con tanto donaire.  Pero después de haber leído de la ínsula de Sancho y las relaciones con los duques, me pareció más creíble que Sancho pudiera hablar así: como juez de la ínsula, demuestra una justicia cuerda e inteligente.  Quizá lo atribuiría al hablar del gobierno.  Como don Quijote tiene una locura intermitente, tematizada a la caballería, Sancho tiene una elegancia intermitente, tematizada al gobernar.  Cuando habla con su mujer del gobernar, el tema del gobierno lo hace hablar elegantemente.] 

Pero la duda de Cide Hamete es quizás más importante que la duda del traductor.  Quizás había escrito notas al margen del manuscrito de la primera parte, pero solamente vemos la traducción de algunas que aparecen en la segunda parte.  El traductor, y después la voz narrativa, escriben de la emoción de que escribe Cide Hamete en su manuscrito.  La primera instancia de comenta emocional de Cide Hamete es cuando expresa su alegría al ver que don Quijote salga de su casa otra vez:

«¡Bendito sea el poderoso Alá! --dice Cide Hamete Benengeli al comienzo deste octavo capítulo--.  ¡Bendito sea Alá!», repite tres veces, y dice que da estas bendiciones por ver que tiene ya en campaña a don Quijote y a Sancho....  (II 92)

Implícitamente, Cide Hamete expresa dos emociones aquí: la alegría y la sopresa; la sopresa es la importante.  Si el supuesto autor se puede soprender al ver lo que pasa con don Quijote, es probable que no ha conocido antes lo que pasa.  Entonces vemos de este pasaje que Cide Hamete tiene que ser historiador de las hazañas de don Quijote: o ve o lee lo que sucede, y lo escribe como lo ve.  Pero esta idea se contradice muy pronto en el libro, en el principio del capítulo 10:

Llegando el autor desta grande historia a contar lo que en este capítulo cuenta, dice que quisiera pasarle en silencio, temeroso de que no había de ser creído, porque las locuras de don Quijote llegaron aquí al término y raya de las mayores que pueden imaginarse, y aun pasaron dos tiras de ballesta más allá de las mayores.  Finalmente, aun con este miedo y recelo, las escribió de la misma manera que él las hizo [mi énfasis], sin añadir ni quitar a la historia un átomo de la verdad.  (II 104)

Se supone que el autor a que refiere el narrador es Cide Hamete Benengeli, pero no está completamente porque nunca dice el nombre.  Pero presuponiendo que el autor de que habla es Cide Hamete, aquí, según la voz narrativa, al autor le molesta que los lectores del libro no crean lo que escribe de don Quijote, pero la parte subrayada sugiere que Cide Hamete ha fabricado lo que escribe.  Lo que esta cita dice es que a Cide Hamete ha ocurrido la idea para una aventura de don Quijote, pero le preocupa la verosimilitud de la misma aventura, porque la locura de don Quijote aparece mayor de todos las aventuras anteriores.  Este mensaje es diferente de lo que precede: el Cide Hamete de la primera cita fue soprendido al ver lo que hace don Quijote, como si fuera mirándolo leyendo otro texto sobre don Quijote; al Cide Hamete de la segunda le preocupa que otros lectores se van a soprender al ver lo que fabrica Cide Hamete.  Hay un pasaje más que complica el análisis un poco: en el capítulo 24, la voz narrativa dice que el traductor dice que Cide Hamete dice que le preocupa la verosimilitud del relato de la cueva de Montesinos: «todas las aventuras hasta aquísucedidas han sido contengibles y verisímiles; pero ésta desta cueva no le hallo entrada alguna para tenerla por verdadera, por ir tan fuera de los términos razonables.... y si esta aventura parece apócrifa, yo no tengo la culpa; y así, sin afirmarla por por falsa o verdadera, la escribo» (II 223).  En un sentido, tiene una semejante preocupación con la verosimilitud de lo que cuenta, pero lo diferente es que aquí, Cide Hamete señala que está leyendo otro texto del cual saca las aventuras de don Quijote.  Según el lógico común, si hubiera visto a todo lo que cuenta con sus propios ojos, no habría tenido ningún problema con cuestiones de veracidad.  Tampoco podemos decir con certeza que Cide Hamete sigue el lúgico que seguimos nosotros.  Lo único que tenemos que hacer es ver el capítulo 10, cuando don Quijote ve a una  labradora fea, pero debido a las palabras de otro (Sancho), no cree lo que ve y empieza a tener fe en que la fea que había vcisto fue Dulcinea.  La situación con Cide Hamete es la misma: puede haber visto a todo lo que escribe que pasó en la cueva de Montesinos y oído el relato de don Quijote, pero no haberlos creído.  En el caso de don Quijote, se puede explicar esta falta de visión se puede atribuir al encantamiento: don Quijote ve a una labradora fea, pero como Sancho dice que ve a Dulcinea, don Quijote cree que sus propios ojos tienen que estar encantados.  Este pasaje también contradice lo que dijo el pasaje anterior: según el comentario de Cide Hamete, no había fabricado esta aventura; la vio o la leyó.  Sin embargo, hay otra evidencia, aunque pequeña, de que el supuesto autor está fabricando a toda la trayectoria de don Quijote.  En los Capítulos 12-15, que componen juntos la aventura del Caballero de los Espejos, Sansón Carrasco aparece disfrazado de caballero andante.  El nombre que trae, y el nombre que don Quijote y Sancho usan es Caballero del Bosque.  Pero el título del capítulo 12 es «De la estraña aventura que le suciedió al valeroso don Quijote con el bravo Caballero de los Espejos» (II 120).  Este título parece extraño antes del capítulo 15, porque este «Caballero de los Espejos» nunca aparece;  lo único que tenemos es el Caballero del Bosque (o de la Selva, como dice la voz narrativa en el capítulo 12).  Los títulos de los capítulos 13 y 14 se refieren a la aventura del Caballero del Bosque.  Y curiosamente, el título el capítulo 15 es, «Donde se da cuenta y noticia de quién era el Caballero de los Espejos y su escudero» (II 145).  Es extraño que este caballero parezca tener dos nombres completamente diferentes, pero es más extraño que don Quijote y Sancho nunca oigan ni usan este nombre durante la aventura.  Los únicos lugares donde aparece el Caballero de los Espejos durante la aventura propia salen de la voz narrativa.  Pero en el capítulo 56, cuando Sancho está tratando brevemente de describir al duque el concepto del encantamiento, habla así de Sansó Carrasco el encantado (que vamos a examinar más adelante): «Un caballero que [don Quijote] venció los das pasados, llamado el de los Espejos, le volvieron en la figura del bachiller Sansón Carrasco, natural de nuestro pueblo y grande amigo nuestro...» (II 466).  Entonces la voz narrativa, o cualquier autor, pone en la boca de Sancho un nombre que nunca había oído.  Esto sugiere que el autor de la historia estaba completamente fabricándola o que estaba equivocado con respeto a las palabras verdaderas de Sancho.  Dudo que Sancho haya podido crear un nombre apelativo para Sansón Carrasco que nunca había oído antes.  Entcones la historia que pinta el autor no es verosímil, ni debe ser verdadera (dentro de la marca del texto); en otras palabras, debe ser una fabricación. 

            Volviendo a Sancho, después de lo que pasa con Dulcinea en el capítulo 5, con Sancho actuando como encantador, Cervantes (o la casualidad), en vez de devolverle el poder de encantar (o decir cuáles cosas son cosas del encantamiento) a don Quijote, sigue distribuyendo este control entre otros personajes del libro.  El factor que parece coneccionar la trayectoria de los otros que usan el encantamiento para manipular a don Quijote es el haber leído la primera parte: casi todos los personajes que han leído la primera parte (incluso Sansón Carrasco, los duques, Roque Guinart y su amigos don Antonio Moreno) usan el conocimiento de la locura de don Quijote para burlarse de don Quijote o para fabricarle aventuras para entretenerse.  Quizás no podemos decir que estos burladores son encantadores, pero es bien importante que, en sus relaciones con don Quijote, los otros presentan por primera vez el concpeto del encantamiento, porque saben algo de don Quijote y quieren elicitar una cierta reacción.  Por ejemplo, los duques, que fabrican aventuras para burlarse de don Quijote, quieren también burlarse de Sancho.  Entonces, cuando la duquesa oye de don Quijote que la sin par Dulcinea está encantada y ahora parece «la más fea labradora que imaginar se puede», y oye de Sancho que «¡tan encantada está como mi padre!», decide explotar lo que parece obvio: que Sancho ha engañado a don Quijote, porque saben del haber leído la primera parte que Dulcinea no existe (II 281).  La explotación viene en el forma de una serie de aventuras conectadas con el desencantamiento de Dulcinea.  Entonces hacen que unos miembros de la corte de los duques salgan disfrazadas y hacen una especie de obra de teatro, haciendo los papeles de la Dulcinea encantada y Merlín, el supuesto encantador de Dulcinea (según don Quijote) para que los duques puedan burlarse de la reacción de don Quijote y Sancho.  Después, lo importante es que Merlín dice que don Quijote puede desencantar a Dulcinea con la ayuda de Sancho: para que desencante a Dulcinea, Sancho tiene que darse 3.000 azotes. 

            Otra semejante burla que tiene que ver con el encantamiento es cuando don Antonio Moreno le invita a don Quijote que vaya a ver la «cabeza encantada», que puede adivinar casi cualquiera cosa.  En el capítulo 62, don Antonio Moreno les dice a don Quijote y Sancho que, el día siguiente, pueden ver y tener experienca de una cabeza de bronce, hecho por un encantador famoso y polaco, que responderá de verdad a cualquiera cosa que la pregunta.  Claro que la magia y encantamiento de la cabeza son falsos: Sancho entiende de las respuestas vagas de la cabeza que la omnisciencia de la cabeza encantada no es verdad.  Pero el propuesto del engaño fue burlarse de la locura de don Quijote. 

            Por supuesto hay unas excepciones de esta regla: hay (por lo menos) un manipulador que no trata del encantamiento en su engaño, y que tampoco pretende haber leído la primera parte del libro.  El maese Pedro (Ginés de Pasamonte), que en la tercera venta de toda la trayectoria de don Quijote engaña a todos que están presente, lleva un mono, que dice que puede responder correctamente a cualquiera pregunta del presente.  Pero no dice que el mono es encantado, como hace don Antonio muchos capítulos adelante.  No obstante, sin tratar directamente del aspecto de encantamiento, hace la misma cosa que hace don Antonio: engaña a don Quijote porque lo conoce y sabe algo de su locura.  Pero el motivo de Ginés de Pasamonte es un poco diferente del motivo de los duques y don Antonio: Ginés de Pasamonte engaña a todos de la venta para ganar dinero; y después de haberse burlado de don Quijote, gana más dinero que había perdido en la destrucción de las figuras del retablo, debido a la tontería de don Quijote y Sancho, que, como pobres naturales, no saben mucho del valor del dinero.  La otra diferencia es que Ginés de Pasamonte nunca leyó la primera parte del libro: saca todo su conocimiento de don Quijote y Sancho de haber tenido la experiencia de interactuar con don Quijote y Sancho en la primera parte, ser parte de la primera parte, de modo que Ginés de Pasamonte aparece en la primera parte.  Quiero notar que el personaje de Ginés de Pasamonte no es lo que hace el papel de encantador: en la primera parte, cuando aparece por primera vez, no cambia nada por su propia voluntad: don Quijote hace que el grupo de galeotes, de que Ginés forma parte, escape libre.  La acción de Pasamonte fue pura reacción a lo que hicieron don Quijote y Sancho y liberarlo.  Pero el maese Pedro, efectivamente un personaje diferente, va a la venta con el propuesto en cuento de engañar a todos de la venta con el mono adivino. 

            El manipulador («encantador») que quizás influye más en la trayectoria de don Quijote que todos los otros es Sansón Carrasco que, como Ginés de Pasamonte, tiene más de un nombre.  Lo interesante de esto es que, como Ginés de Pasamonte, solamente los nombres apelativos de Sansón--el Caballero del Bosque, el Caballero de la Selva, el Caballero de los Espejos, y el Caballero de la Blanca Luna--representan encantadores de una manera.  El Sansón Carrasco del principio del libro les ayuda a Sancho y don Quijote en la tercera salida, y como ha leído la primera parte, sabe manipular a don Quijote.  Pero los Sansones que directamente manipulan a don Quijote (uno lo convence de pelearlo promete venganza cuando fracasa, y otro lo derrota) son el Caballero del Bosque (y de la Selva y de los Espejos) y el de la Blanca Luna, que aparece en el capítulo 64.  Estos caballeros conscientemente manipulan a don Quijote, usando a Dulcinea, insultándola, para causar la cólera de don Quijote.  Sansón (el Caballero de los Espejos) provoca a don Quijote, intentando derrotarlo y hacer que vuelva a su casa por un año (para curarlo).  Pero don Quijote ruina este plan cuando vence.  Entonces Sansón (el Caballero de la Blanca Luna) otra vez encuentra a don Quijote y lo provoca, todavía intentando hacer que vuelva a su casa por un año.  Por supuesto, el agente iniciador de esta batalla no es el deseo de curar a don Quijote sino tomar venganza en don Quijote.  Pero en esta batalla, Sansón Carrasco vence, y de una manera, lo desencanta a don Quijote de su propia trayectoria, como vamos a volver a visitar luego. 

            Otra cosa importante de Sansón Carrasco es que hace el papel de encantado al mismo tiempo que se hace encantador.  Cuando don Quijote vence al Caballero de los Espejos y quita su disfraz, la cara que ve parece la de Sansón Carrasco, pero don Quijote no cree que realmente pueda ser Sansón Carrasco:

--También habéis de confesar y creer --añadió don Quijote-- que aquel caballero que vencistes no fue ni pudo ser don Quijote de la Mancha, sino otro que se le parecía, como yo confieso y creo que vos, aunque parecéis el bachiller Sansón Carrasco, no lo sois, sino otro que le parece, y que en su figura aquí me le han puesto mis enemigos, para que detenga y temple el ímpetu de mi cólera, y para que use blandamente de la gloria del vencimiento.  (II 145)

Los enemigos de que don Quijote habla son los sabios encantadores que transforman lo que don Quijote ve en otras cosas.  Entonces el Caballero de los Espejos parece Sansón Carrasco por parte de los encantadores que persiguen a don Quijote.  Pero si vemos la situación desde el punto de vista anterior, Sansón Carrasco parece el Caballero de los Espejos porque Sansón, una especie de encantador, se transforma (se disfrace) en caballero andante. 

            Mientras hablamos de manipuladores que quieren curar a don Quijote, es preciso mencionar al cura y el barbero, que, como Sansón da fin a la tercera salida, dan fin a la segunda (y ayudan a comenzar la segunda y la tercera).  En la primera parte, cuando enuentran a Sancho en la venta de Palomeque, fabrican una aventura (la de la princesa Micomicona) con el intento de quitarlo a don Quijote de la Sierra Morena.  El acto de engañarlo a don Quijote ciertamente es una manipulación intencional: el cura y el barbero entienden más o menos la locura de don Quijote, especialmente por medio de la conversación con Sancho, de la cual sacan la idea de fabricarle una aventura para sacarlo de la Sierra Morena.  Se puede decir que este engaño es menos cruel que lo que hace Sansón: no tratan de abusar físicamente a don Quijote, que, tenemos que recordar, es hombre viejo y ya herido de todas las aventuras que ha tenido.  Al cura y al barbero les preocupa más la salud de don Quijote que otra cosa; a Sansón Carrasco en forma del Caballero de los Espejos, solamente le parece importante que don Quijote vuelva a su casa.  Y en forma del Caballero de la Blanca Luna, solamente le preocupa la venganza de la primera batalla.  Pero como el cura y el barbero tratan de dar fin a la segunda salida, habían tratado de prevenir la segunda y la tercera.  En el acto de tratar de previenirlas, las habían causado (con el ayudo del ama y la sobrina) indirectamente.  Cuando queman todos los libros de don Quijote y tapan la pared donde debe estar la puerta de la biblioteca de don Quijote, el ama lo impone en la mente de don Quijote que los tomó un sabio encantador, y cuando don Quijote nombra a Frestón, lo confirman por verdad.  El mismo Frestón es el primero de los varios malos encantadores que supuestamente persiguen a don Quijote en su trayectoria.  Y cuando van a visitar a don Quijote, tratan de probar su salud mental por medio de una conversación, pero lo único que logran es causar volverse loco a don Quijote, que sale por tercera vez con Sancho unos días después de la reunión con el cura y el barbero.  Entonces de algún modo, el cura y el barbero tienen mucho que ver con el comienzo de la empresa de don Quijote. 

            Como hemos visto, la manipulación (encantamiento) de don Quijote necesita la sabiduría de su personaje.  Pero hay otro elemento imperativo, según el texto: la industria.  Sobre todo, hay dos lugares donde esta palabra se pone importante.  Primero, volvemos al capítulo 10, el título del cual fue, «Donde se cuenta la industria que Sancho tuvo para encantar a la señora Dulcinea, y de otros sucesos tan ridículos como verdaderos» (II 103).  Cuanto más pensamos en la dificultad de alcanzar la meta de Sancho en este capítulo, la industria de Sancho se aclara más.  Cuando Sancho se aparta de don Quijote para buscar a Dulcinea, don Quijote le dice «que no volviese a su presencia sin hablar primero de su parte a la señora... y de traer la tan buena respuesta como le trujo la vez primera» (II 104).  Inmediatamente, este mandato parece imposible, porque ya sabemos (y sabe Sancho) que Dulcinea realmente no existe, entonces, ¿cómo la puede hablar?  Pero fijamonos en la segunda mitad del pasaje, y preguntamonos ¿como le trajo esta respuesta la vez primera?  La «vez primera» de que habla la voz narrativa es cuando Sancho sale de la Sierra Morena, supuestamente para hablar con Dulcinea.  Cuando vuelve a don Quijote con el cura y el barbero, sin haber ido al Toboso, toda la repuesta que da es una mentira.  Entonces si Sancho quiere hacer lo que don Quijote manda, al pie de la letra, tiene que mentir y fabricar algo.  Esta fabricación es el encantamiento de Dulcinea, y le cuesta industria a Sancho: como Dulcinea no existe, Sancho tiene que pensar en cómo puede convencerlo a don Quijote de que la ha hablado; y si no puede hacerlo, no tiene otro remedio sino nunca volver a servir a don Quijote.  Para Sancho, este mandato de no salir hasta encontrar a Dulcinea es absoluta: no existe la opción de salir sin Dulcinea.  Para cumplir la verosimilitud de la fabricación, Sancho tiene que esperar hasta la noche para parecer haber esperado la llegada de Dulcinea.  Y después de haber esperado a la labradora, Sancho tiene que poner en acción el engaño de don Quijote, quizá lo más difícil de todo.  Lo importante es que esta manipulación (encantamiento) requiere industria por parte de Sancho.

            El otro ejemplo de la industria con respeto al engaño aparece durante las bodas de Camacho, en el capítulo 21, cuando Basilio el pobre hacen pensar a todos presente que está mal herido de haberse tirado en una espada.  Cuando le pide la mano a Quiteria, la mujer que quiere Basilio, Quiteria (pensando que Basilio está a punto de morir) se la da.  Después ser casado, Basilio se levanta y demuestra que está completamente sano.  Los de la boda alaban el milagro que acaba de ocurrir, pero Basilio los contradice:

--¡No «milagro, milagro», sino industria, industria!  (II 200)

Aquí, como en el ejemplo anterior, para manipular a las percepciones de otros, se necesita sobre todo la industria.  Este engaño había de tomar tanta preparación, si no más, que lo de Sancho (pero por supuesto Basilio tenía ayudo de sus amigos que estaban presentes en la boda).  Lo importante es el enfoque del texto: todas las manipulaciones que ocurren en el libro requieren industria, pero la complejidad de estos dos engaños en particular les cuesta mucha industria a Sancho y Basilio.

            Antes de comentar la muerte de don Quijote, quiero aclarar (o hacer menos claro) otra distinción de la primera parte y la segunda.  En el capítulo 59, cuando Sancho y don Quijote hablan con los ladrones y ven la segunda parte apócrifa, don Quijote nota una cosa y Sancho la comenta:

--... aquí dice que la mujer de Sancho Panza mi escudero se llama Mari Gutiérrez, y no se llama tal, sino Teresa Panza....

--¡Donosa cosa de historiador!  ¡Por cierto, bien debe de estar en el cuento de nuestros sucesos, pues llama Teresa Panza, mi mujer, Mari Gutiérrez!  Torne a tomar el libro, señor, y mire si ando yo por ahí y si me ha mudado el nombre.  (II 487)

Está bien hasta ahora--parecen observaciones cuerdas--pero volvamos al capítulo 7 de la primera parte, cuando sancho habla dos veces de su mujer:

--De esa manera --respondió Sancho Panza--, si yo fuese rey por algún milagro de los que vuestra merced dice, por lo menos, Juana Gutiérrez, mi oíslo, vendría a ser reina, y mis hijos infantes.... tengo para mí que, aunque lloviese Dios reinos sobre la tierra, ninguno asentaría bien sobre la cabeza de Mari Gutiérrez.  (I 127; 128)

Este pasaje nos dice mucho de la primera parte, especialmente el primer libro de la primera parte, que supuestamente fue escrito por autor diferente.  Primero, nunca podemos estar cierto del nombre correcto de la mujer de Sancho: no podemos simplemente seleccionar a Teresa porque el Sancho de la segunda parte dice que este nombre es falso: quizás el sancho de la primera diría que Teresa Panza es un nombre falso y que el sobrenombre de su mujer es ciertamente Gutiérrez.  Pero una cosa que nos ayuda es otra paradoja entre las dos partes.  La primera voz narrativa dice que nadie sabe el nombre verdadero del hidalgo, que se dicen que puede ser Quijana o Quesada.  Pero en el capítulo 74 de la segunda parte, don Quijote declara que se llama Alonso Quijano.  Entonceses ciert que los dos narradores no estaban de acuerdo.  Después de la aventura de los molinos de viento y la del vizcaíno, en el capítulo 9, la voz narrativa cambia.  Entonces podemos atribuir la falta de concordancia entre las dos partes al cambio de autores.  Pero es imposible decir con certeza lo que pasa con los nombres de la mujer de Sancho y del hidalgo. 

            En la primera parte, vimos dos sentidos distintos para en encantamiento: el sentido mágico, y lo del interés.  Después de la aventura de los rebaños, Sancho queda casi completamente desencantado de la trayectoria caballeresca de don Quijote.  Pero en la segunda parte, vimos a don Quijote desencantado de su propia empresa de hacerse caballero andante.  Volviendo a mirar todos los ejemplos del encantamiento que hemos examinado aquí, es razonable notar que don Quijote nunca es el que usa primero la palabra encantamiento.  Los que usan la palabra son todos los manipuladores: Sancho, que menciona el encantamiento para que don Quijote crea que una labradora fea es Dulcinea, los duques, que fabrican aventuras del encantamiento para burlarse de don Quijote, y Sansón hace la misma cosa en el capítulo 74 para convencerle a don Quijote que salga otra vez, ahora como pastor.  Hay pocas instancias donde don Quijote menciona el encantamiento primero, pero estas pocas no son tan importantes como las que hemos examinado aquí.  Lo importante es que es obvio que don Quijote cambia mucho a través del libro: en los últimos capítulos, don Quijote nunca menciona a Dulcinea, y en el capítulo 74, el don Quijote enfermo renuncia todo lo que había hecho en su trayectoria:

--Dadme albricias, buenos señores, de que ya no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de Bueno.  Ya soy enemigo de Amadís de Gaula y toda la infinita caterva de su linaje; ya me son odiosas todas las historias profanas del andante caballería; ya conozco mi necedad y peligro en que me pusieron haberlas leído; ya, por misericordia de Dios, escarmentando en cabeza propia, las abomino.  (II 588)

Aunque ya llama los libros de caballerías «historia», podemos ver que don Quijote, o Alonso Quijano, está supremamente desencantado de toda su trayectoria.  Y a pesar de que no hay evidencia directa, el don Quijote de la segunda parte, que siempre está pensando en el desencantamiento de Dulcinea, se pone más deprimido cuanto más el libro prosigue.  Podemos relacionar este desencanto al principio de la locura de don Qujote: en el primer capítulo de la primera parte, dice que cuando don Quijote leyó demasiado, so puso loco y dejó de leer los libros de caballería.  En este caso, demasiada lectura lo hizo harto de leer, y se transformó de lector en actor.  En la segunda parte, todos los otros personajes que tratan de manipularlo, ponen a don Quijote en situaciones que parecen caballerescas para ver cómo reacciona o simplemente para burlarse de él.  Per como el demasiado leer lo hizo harto de leer, quizás el demasiado encantamiento lo desencantó, y lo hizo olvidarse de Dulcinea y toda su trayectoria caballeresca.  Pero después del desencantamiento, no tenía bastante energía para continuar.  Se transformó en un hidalgo viejo, pobre, y ahora herido y enfermo.  Entonces después de la «muerte» de don Quijote el caballero andante valeroso, tenemos la muerte física de Alonso Quijano el hidalgo.  Pero curiosamente, este fin corresponde casi exactamente con el término que don Quijote anticipa en el capítulo 25 de la primera parte, en la carta que escribió a Dulcinea:

... por tu causa quedo: si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que viniere en gusto; que con acabar mi vida nabré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo.

Tuyo hasta la muerte,

El Caballero de la Triste Figura.  (I 315)

Y es cierto que don Quijote, el nombre que corresponde al Caballero de la Triste Figura, ha pertenecido a Dulcinea hasta su «muerte».